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La iglesia ejerce una función de extremo valor para la sociedad, aproximando a Dios a los perdidos y sufridos y consecuentemente, conducirlos a una nueva vida, bendecida y feliz.De ese modo, mantener la iglesia abierta es una necesidad vital para todos los pueblos y naciones de la tierra. Con eso, se vuelve bienaventurado el hombre que comprende el valor espiritual del diezmo, pues su fidelidad, intrínsecamente ligada a la salvación de millares de almas, lo hace un valioso aliado de Dios en la lucha contra el diablo. Ciertamente, tal hombre tendrá siempre su vida bendecida y sus oraciones serán oídas por el Señor Jesús. “Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar; porque ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre” (2 Crónicas 7:15-16). El hecho de dar el diezmo es parte integrante de toda la historia del pueblo de Dios.
Siempre que había cosechas o nacía alguna cría entre los rebaños, era costumbre retirar las primicias para ofrecerlas a Dios. Abraham fue uno de los primeros hombres mencionados en la Biblia que ofreció los diezmos a un sacerdote. Luego de recibir la promesa del Dios de Israel de que sería padre de una numerosa nación y propietario de todas las tierras donde habitaba, Abraham construyó un altar para ofrendas y diezmos: “Y apareció el Señor a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Dios, quien le había aparecido” (Génesis 12:7). Aunque no hubieran aún leyes o reglamentos que establecieran oficialmente el diezmo, Abraham lo llevaba frecuentemente al altar apropiado, donde eran celebradas las ceremonias religiosas en adoración y sacrificio al verdadero Dios. En la época en que su sobrino Lot fue llevado cautivo por el rey Quedorlaomer y sus aliados, él tomó consigo trescientos dieciocho hombres y los persiguió hasta vencerlos, liberando a su sobrino y trayendo consigo gran cantidad de riquezas.
De los despojos, Abraham retiró el diezmo y lo entregó a los sacerdotes: “Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino; y le bendijo, diciendo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano. Y le dio Abram los diezmos de todo” (Génesis 14:18-20).
El diezmo es un acto que expresa confianza absoluta en Dios, y quien lo entrega, recibe de Él una vida plena y feliz. El viejo Abraham fue un testimonio ejemplar de esa premisa. Su fe, fidelidad y amor al Dios Altísimo superaban las de sus contemporáneos, y por propia voluntad resolvió tributar a Dios parte de lo que llegaba a sus manos, sin usura o avaricia. Dios conocía el corazón de Abraham y sabía del celo que tenía por Su casa, por eso fue bendecido él y su familia, engrandeciendo sobremanera su posteridad y dándole una vida larga y plena: ”Y estos fueron los días que vivió Abraham: ciento setenta y cinco años.Y exhaló el espíritu, y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo” (Génesis 25:7-8).
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