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Establecimiento oficial del diezmo
La ley que establecía el diezmo como obligación a los hijos de Israel surgió como una necesidad de sustento de la tribu de Leví que fuera designada para cuidar exclusivamente del tabernáculo de la congregación. La tribu de Leví no trabajaba en oficios normales, debía dedicarse totalmente al servicio de la congregación y todo lo concerniente a ella. Por eso, como no podían trabajar en pro de sus familias, Dios determinó que parte de las cosechas, de las crías de los animales y todo lo que se negociaba fuese entregado en el templo para proveer lo necesario a los cultos y a las solemnidades festivas:
“…y con cada uno de los siete corderos ofreceréis una décima. Y un macho cabrío por expiación, para reconciliaros. Esto ofreceréis además del holocausto de la mañana, que es el holocausto continuo. Conforme a esto ofreceréis cada uno de los siete días, vianda y ofrenda encendida en olor grato a Dios; se ofrecerá además del holocausto continuo, con su libación” (Números 28:21-24).
La santidad del diezmo
La ley que establecía el diezmo como obligación a los hijos de Israel surgió como una necesidad de sustento de la tribu de Leví que fuera designada para cuidar exclusivamente del tabernáculo de la congregación. La tribu de Leví no trabajaba en oficios normales, debía dedicarse totalmente al servicio de la congregación y todo lo concerniente a ella. Por eso, como no podían trabajar en pro de sus familias, Dios determinó que parte de las cosechas, de las crías de los animales y todo lo que se negociaba fuese entregado en el templo para proveer lo necesario a los cultos y a las solemnidades festivas:
“…y con cada uno de los siete corderos ofreceréis una décima. Y un macho cabrío por expiación, para reconciliaros. Esto ofreceréis además del holocausto de la mañana, que es el holocausto continuo. Conforme a esto ofreceréis cada uno de los siete días, vianda y ofrenda encendida en olor grato a Dios; se ofrecerá además del holocausto continuo, con su libación” (Números 28:21-24).
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La infidelidad y la miseria de Israel
Con el pasar de los años, los hijos de Israel se fueron olvidando de los mandamientos de Dios, profanando Su casa, ofreciendo animales inmundos sobre el altar del tabernáculo y dejando de dar los diezmos. La consecuencia fue desastrosa. Sobrevino una terrible miseria sobre la tierra y sus habitantes padecían con hambre. La tierra ya no producía más con tanta abundancia y los animales, cuando no nacían defectuosos, nacían enfermos. El pueblo, que otrora se deleitaba con abundantes cosechas, estaba ahora sobreviviendo apenas con migajas de las plantaciones infructíferas.
Los sacerdotes fueron, en parte, responsables por la ruina de Israel, pues ellos dejaron al pueblo actuar libremente, sin advertirle de los males que podrían sobrevenir por el desprecio e infidelidad a los mandamientos de Dios “Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es del Señor de los ejércitos. Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis hecho tropezar a muchos en la ley; habéis corrompido el pacto de Leví, dice el Señor de los ejércitos. Por tanto, yo también os he hecho viles y bajos ante todo el pueblo, así como vosotros no habéis guardado mis caminos, y en la ley hacéis acepción de personas” (Malaquías 2:7-9).
Pero los hijos de Israel tuvieron parte de la culpa en la infidelidad demostrada al Señor, ya que la responsabilidad de cada uno para con Dios y para con Su ley debe ser la expresión de una fe pura y voluntaria, y nunca una imposición humana. |
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